Ícaro

Osado, vano empeño,
el de huir de las olas, de sus muros huidizos
en la luz cercenante que mutilo los sueños,
más allá de la mirada atónita,
de la niebla que oprime,
cuando al unísono
golpean el corazón y el mar.
Alzarse en esa luz de transparente carne,
resplandor y amenaza de olas triturantes,
subir, vencer la pesandez y la voz del abismo,
brotando desde el cuerpo con frenesí de alas.
Engañosa ascensión, prolongación de olas
en impulso de horizonte marino,
¡qué vano y torpe intento!
Quebrantar el espacio en imposible abrazo,
en tránsito viviente de desesperación,
y afrontar ese sol, esa rueda implacable
del destino que nunca se detiene
en giros de mil haces.
La luz es más que el látigo,
más que venda en los ojos,
es la herida por la que nunca cesa de manar la sangre.

También en el espacio el laberinto asciende:
nubes, hojas, lo opaco, la duda, el límite a la vida.
¡Oh vértigo mortal de abrasadoras ondas!
Desplegar unas alas contra el viento invisible
donde espectrales sombras
mudan toda apariencia ahondándose en la nada,
donde el azar es llama para el viento,
es vano, osado empeño.
Cuanto mayor la altura más feroz el descenso.
En acecho perpetuo, el mar, abajo, espera.
Inmenso, insomne, inacabado, eterno.
Entre el mar que consuma el gesto del ahogado.
y ese sol que derrite la cera de nuestra propia imagen,
la caida fulgura, como un rayo, un instante.
Todo mortal se ha visto alguna vez allí,
en lo alto del cielo, como un Ícaro,
y se sintió caer envuelto entre las llamas
de su dolor más cierto.

De A imagen y semejanza.