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Prometeo encadenado
En espirales de sombra y de silencio,
las alas, siempre en acecho,
entre el claro azul del cielo,
dejan un rastro siniestro.
Garras, picos de acero, arrancan gritos al viento.
Un movimiento huidizo
abre abismos a los ojos,
atenaza en el vacío el más doloroso esfuerzo.
El horizonte infinito
la soledad se agiganta.
El fuego es un don divino
pura aventura en lo incierto
que reta, como una mano,
desde un infierno de hielo.
¿Quién a la cima se acerca
sin condena,
quién puede alcanzar perdón
si hace de la condición humana
su sólo amor, su único misterio.
Como un arbol bajo el hacha tiembla el cuerpo.
¿Quién se atreve, quién rasga
la oscuridad como si fuera una venda?
Quien así concita el cielo
tendrá sobre sí las nubes
como rocas en el pecho.
... Más siempre brillará la antorcha
de Prometeo
en medio de la tiniebla.
Vedle todavía allí, encadenado a la altura,
a su agonía,
yunque de invisibles golpes,
maldito entre cielo y tierra,
no siendo un mortal ni un dios,
no siendo ángel ni bestia.
De A imagen y semejanza.
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